Para pensar en estos días

Estas son palabras que me impactaron leyendo a José F Rey Ballesteros, en su libro sobre la Pasión de Cristo.

“No es bueno que el hombre esté solo (Gn 2, 18). Cuando el hombre no está solo, cuando camina en amor, no hay dolor en este mundo que pueda sepultar su espíritu. La misma injusticia, e incluso la más cruel de las muertes, puede hacerse llevadera cuando encuentra al hombre acompañado por el ser querido.”

Así es el camino del amor: acompañar, padecer con el que sufre. Y, como contrapartida, dejarse ayudar en el dolor y en el sufrimiento: todo esto forma parte de la vida, si queremos ser, de verdad, felices.

Me quedo con esta idea. Quiero darle vueltas en mi cabeza y en mi corazón, para que se haga realidad en esta Pascua.

Si te sirve….

Te deseo feliz Pascua de Resurrección.

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Teresa, un maravedí y Dios

Por Albino Luciani


Cuando Juan Pablo I era todavía arzobispo de Venecia, escribía una carta mensual a algún personaje del pasado, en la que disertaba sobre su mensaje o iluminaba el presente con la vida y experiencia de aquel. Recuerdo que leí el libro que recoge esas cartas en mi postulantado (1984-1985). Se titula “Ilustrísimos señores”. Hoy les propongo la carta que escribió a santa Teresa de Ávila, titulada “Teresa, un maravedí y Dios”.

Querida Santa Teresa, octubre es el mes de vuestra fiesta: pensé que me permitirías que me entretuviera con vos por escrito.

El que mira al famoso grupo marmóreo, en el cual Bernini os presenta traspasada por la flecha del Serafín, piensa en vuestras visiones y éxtasis. Y hace bien: la Teresa mística de los raptus en Dios es también una verdadera Teresa.

Pero es también verdadera la otra Teresa que me gusta más: la más cercana a nosotros, la que resulta de la autobiografía y de las cartas. Es la Teresa de la vida práctica ; que prueba nuestras mismas dificultades y las sabe superar con destreza; que sabe sonreír, reír y hacer reír; que se mueve con desenvoltura en medio del mundo y de las situaciones más diversas y todo ello gracias a las abundantes dotes naturales pero, más todavía, a su constante unión con Dios.

Estalla la Reforma protestante, la situación de la Iglesia en Alemania y en Francia es crítica. Vos os dáis cruenta y escribís: “Con tal de salvar un alma sola de las muchas que se pierden allá, habría sacrificado mil veces la vida. ¡Pero yo era mujer!”

¡Mujer! Pero que vale por veinte hombres, que no deja algún medio sin intentar y que logra realizar una magnífica reforma interna y con la obra y los escritos influye en toda la Iglesia; ¡la primera y la única mujer que, con Santa Catalina, haya sido proclamada Doctora de la Iglesia!

Mujer de lengua sincera y de pluma elegante y cortante. Teníais un altísimo concepto de la misión de las monjas, pero habéis escrito al padre Gracián: “Por amor de Dios, ¡fíjese bien lo que hace! No crea nunca en las monjas, porque si ellas quieren una cosa, intentan por todos los medios posibles”. Y al padre Ambrosio, al rechazar a una postulante, decís: “Usted me hace reír, diciéndome de haber comprendido a aquella alma sólo con verla. ¡No es tan fácil conocer a las mujeres!”

Es vuestra la lapidaria definición del diablo: “Aquel pobre desgraciado, que no puede amar”. A don Sancho Dávila : “Distracciones en el rezo del Oficio Divino también yo las tengo… me he confesado de ellas con el padre Domingo Báñez, que me ha dicho que no les hiciera caso. Lo mismo le digo a usted, porque el mal es incurable”. Es un consejo espiritual, este, pero consejos los habéis esparcido a manos llenas y de todos los géneros; al padre Gracián, hasta le habéis dado el consejo de montar un asno más dulce en sus viajes, que no tuviera la costumbre de arrojar a los frailes por tierra, ¡o de hacerse atar al asno mismo para no caer!

Insuperable, aún, aparecéis en el momento de la batalla. El Nuncio, nada menos, os hace encerrar en el convento de Toledo, declarándoos “fémina inquieta, vagabunda, desobediente y contumaz…”. Pero desde el convento vuestros mensajes a Felipe II, a príncipes y prelados, deshacen todo ovillo.

Vuestra conclusión: “Teresa sola no vale nada; Teresa y un maravedí valen menos que nada; ¡Teresa, un maravedí y Dios todo lo pueden!”

Para mí, vos sois un caso notable de un fenómeno que se repite regularmente en la vida de la Iglesia Católica.

Las mujeres, o sea, de por sí, no gobiernan. Esto pertenece a la Jerarquía. Pero, muy a menudo, inspiran, promueven y, tal vez, dirigen.

Por una parte, en efecto, el Espíritu “sopla donde quiere”; por otra, la mujer es más sensible a la religión y más capaz de darse generosamente a las grandes causas. De aquí el grandísimo grupo de santas, de místicas y de fundadoras aparecidas en la Iglesia Católica.

Junto a ellas habría que incluir a las mujeres que han impulsado movimientos ascético-teológicos, los cuales influyeron en un radio muy vasto.

La noble Marcela, que dirigió en el Aventino una especie de convento compuesto por patricias ricas y cultas, colaboró con San Jerónimo en la traducción de la Biblia.

Madame Acarie influyó en personajes ilustres como el jesuita Coton, el capuchino de Canfelt, el mismo Francisco de Sales y muchos otros, influyendo en toda la espiritualidad francesa de principios del Seiscientos.

La princesa Amalia de Gallitzin, desde su “Círculo de Münster”, apreciado hasta por Goethe, difundió en toda Alemania septentrional una corriente de vida intensamente espiritual. Sofía Swetchine, rusa convertida, a principios del Ochocientos, apareció en Francia la “directora espiritual” de los laicos y sacerdotes más representativos.

Podría citar otros casos, pero vuelvo a vos que, más que hija, habéis sido madre espiritual de San Juan de la Cruz y de los primeros Carmelitas reformados. Hoy es todo claro y parejo al respecto, pero en vuestros tiempos ocurrió el choque arriba mencionado.

De un lado, estábais vos, rica de carismas, fuerzas ardientes y luminosas concedidas a vos para la Iglesia de Dios; del otro, estaba el Nuncio, o sea, la Jerarquía que debía juzgar la autenticidad de vuestros carismas. En un primer momento, presentadas las informaciones erradas, el juicio del Nuncio fue negativo. Una vez dadas las necesarias explicaciones y examinadas mejor las cosas, estas se aclararon: la Jerarquía aprobó todo y vuestros dones pudieron expanderse en favor de la Iglesia.

Pero de carismas y de Jerarquía se siente hablar tanto también hoy. Especialista cual fuísteis en la materia, me permito extraer de vuestras obras los siguientes principios:

1. Por encima de todo está el Espíritu Santo. De Él vienen sea los carismas sea los poderes de los Pastores; al Espíritu Santo corresponde realizar el acuerdo armónico entre Jerarquía y carismas y promover la unidad de la Iglesia.

2. Carismas y Jerarquía son ambos necesarios para la Iglesia, pero en modo diverso. Los carismas actúan como acelerador, favoreciendo el progresso y la renovación. La Jerarquía debe hacer más bien de freno, a favor de la estabilidad y la prudencia.

3. A veces, carismas y Jerarquía se entrecruzan y superponen. Ciertos carismas, en efecto, son dados sobre todo a los Pastores como los “dones de gobernar” recordados por San Pablo en la primera carta a los Corintios. Viceversa, debiendo la Jerarquía regular todas las etapas principales de la vida eclesial, los carismáticos no pueden sustraerse a su guía con el pretexto de tener carismas.

4. Los carismas no son caza reservada de nadie: pueden ser dados a todos: curas y laicos, hombres y mujeres. Pero otra cosa es poder tener, otra tener de hecho los carismas.

Encuentro escrito en vuestro libro de las Fundaciones (c. VIII, n. 7): “Una penitente afirmaba al confesor que la Virgen iba a visitarla a menudo y se entretenía hablándole más de una hora, revelándole el futuro y muchas otras cosas. Y como entre tantas extravagancias salía alguna verdadera, se consideraba todo como verdadero. Intuí enseguida de qué se trataba… pero me conformé con decirle al confesor que esperara el éxito de las profecías, que se informara del género de vida de la penitente y exigiera otros signos de santidad. En fin… se vio que eran todas extravagancias”.

Querida Santa Teresa, ¡si vinieras hoy! El nombre “carisma” se desperdicia; se distribuyen patentes de “profeta” a más no poder, atribuyendo este título también a los estudiantes que se enfrentan con la policía en las plazas o a los guerrilleros de America Latina. Se pretende oponer los carismáticos a los Pastores. ¿Qué diríais vos de ello, que obedecíais a los confesores aun cuando sus consejos resultaban opuestos a aquellos dados por Dios en la oración?

Y no creáis que yo sea pesimista. Aquello de ver carismas por todos lados espero que sea sólo una moda pasajera. Por otra parte, sé bien que los dones auténticos del Espíritu han sido siempre acompañados de abusos y falsos dones; no obstante ello, la Iglesia ha ido lo mismo hacia adelante.

En la joven Iglesia de Corinto, por ejemplo, había un gran florecimiento de carismas, pero San Pablo se preocupó por algún abuso encontrado. El fenómeno se repitió a continuación en formas aberrantes más vistosas.

Dos mujeres, Priscilla y Maximilla, sostenedoras y financiadoras del Montanismo en Asia, comenzaron predicando “carismáticamente” un despertar moral hecho de grandes austeridades, de renuncia total al matrimonio, de prontitud absoluta al martirio. Terminaron contraponiendo a los obispos los “nuevos profetas”, hombres y mujeres, que “investidos por el Espíritu”, predicaban, administraban los sacramentos, esperaban al Cristo que, de un momento a otro, habría venido a inaugurar el reino milenario.

En tiempos de San Agustín estaba Lucilla de Cartago, rica señora, a quien el obispo Ceciliano había regañado porque, antes de la Comunión, acostumbraba estrechar contra el pecho un pequeño hueso de no se sabe qué mártir. Irritada y resentida, Lucilla indujo a un grupo de obispos a oponerse a su obispo: perdido un proceso ante el episcopato africano, el grupo protestó, sin éxito ante el Papa, luego ante el Concilio de Arles, luego ante el mismo emperador e inició una nueva iglesia. En casi todas las ciudades africanas se vieron así dos obispos, dos catedrales frecuentadas por dos categorías opuestas de fieles que, encontrándose, se daban golpes: de acá los católicos, de allá los donatistas, secuaces de Donato y Lucilla.

Los donatistas se llamaban los “puros”; no se sentaban en el lugar ocupado antes por un católico sin haberlo limpiado con la manga; evitaban como a apestados a los obispos católicos; se apelaban al Evangelio contra la Iglesia, que decían sostenida por la autoridad imperial; instituyeron escuadras de asalto. El mansísimo San Agustín debió una vez apostrofarlos: “Os importa tanto el martirio, ¿por qué no tomáis una cuerda para colgaros?”

En el siglo XVII fueron la monjas de Port Royal. Una de sus Abadesas, la Madre Angélica, había empezado bien: se había “carismáticamente” reformado a sí misma y al monasterio, rechazando de la clausura hasta a los padres. Provista de grandes dotes, nacida para gobernar, se convirtió todavía en el alma de la resistencia jansenista, intransigente hasta el fin ante la autoridad eclesiástica. De ella y de sus monjas se decía : “Puras como ángeles, soberbias como demonios”.

¡Cuán lejano es todo esto de vuestro espíritu! ¡Cuál abismo entre estas mujeres y vos! “Hija de la Iglesia” era el nombre que os gustaba más. Lo murmurásteis en el lecho de muerte, mientras, durante la vida, para la Iglesia y con la Iglesia habíais trabajado tanto, ¡aceptando hasta sufrir algo desde la Iglesia!

¡Si enseñárais un poco vuestro método a las “profetisas” de hoy! Octubre de 1974

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Para mis queridos nietos, en un día del niño! Ya van creciendo en edad, en altura y en cantidad… en breve llegarán a ser quince! Cada día doy gracias a Dios por esta vida que renueva la sangre que llevamos sus mayores. Cuando los veo a cada uno ser tan único y tan especial, me lleno de cariño, orgullo bueno, de emoción contenida y de alegría inmensa! Los aliento a que sigan descubriendo la vida y a dar todo lo que puedan en cada cosa que hagan (estudio, amistad, deporte, piedad), que transformen el mundo dando el amor que reciben. Compruebo, mientras pasa el tiempo, que la vejez, la mía en este caso, da lugar a la madurez de cada nieto, en esa proporción. Siendo así, bienvenidos los achaques de los años, producen unos nietos maravillosos! Cómo los quiero!!! Feli 19/08/18

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Criatura que no vendrás

CRIATURA QUE NO VENDRÁS
 
*Por Juan Luís Gallardo*
 
Criatura que no vendrás a nuestro suelo argentino
si el Parlamento aprobara cierto proyecto asesino.
 
Criatura que no entrarás a la fiesta de la vida
si dieran fuerza de ley a una reforma homicida,
por la cual te negarán la deslumbrante experiencia
de correr esa aventura que supone la existencia.
 
Aventura extraordinaria prolongada de tal suerte
que se extiende para siempre hasta después de la muerte.
 
Aventura que involucra la gran posibilidad
de alcanzar poniendo esfuerzo la eterna felicidad.
 
Como trágica expresión de un mundo que se derrumba
el vientre de una mujer se transformaría en tu tumba.
 
Criatura, ¿será posible que te nieguen disfrutar
de la cálida alegría que florece en un hogar?
 
Que no puedas admirar la figura de tu padre
ni contar con el amparo que siempre brindó una madre.
 
Que no te dejen jugar, ni concurrir a la escuela,
ni empezar a conocer tu nutrida parentela.
 
Que te priven de ir al templo y de amar a tu bandera,
de tu manera de ser y de tu cita primera.
 
De formar una familia, de seguir tu vocación,
de recibir a los hijos que sean fruto de tu unión.
 
De sentir el apretón de la mano de un amigo
que ya sepa que en las malas se puede contar contigo.
 
De recorrer el camino con el ritmo de tu paso
desde el principio hasta el fin, desde el alba hasta el ocaso.
 
De agradecer el comienzo y el fin de cada jornada.
De valorar el ejemplo de cada persona honrada.
 
De asombrarte contemplando el discurrir de los astros
y la armonía de paisajes donde Dios dejó su rastro.
 
Te quieren arrebatar la esperanza de vivir.
Roguemos que no consigan su propósito cumplir.
 
Criatura que no vendrás a nuestro suelo argentino
si el Parlamento aprobara cierto proyecto asesino.

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LA MUJER: “Dejad que sea todavía más creadora”

Chesterton y ‘La mujer’: ‘Dejad que sea todavía más creadora’
Publicado el 09/03/2014 por Chestersoc |
El día 8 de marzo se celebra el día internacional de la mujer. En All Things considered (1908, cap.12), Chesterton incluyó un ensayo titulado precisamente así, La mujer, que publicamos en el Chestertonblog por primera vez en castellano, en la traducción de Carlos D. Villamayor Ledesma. Como siempre, puedes acceder a la versión bilingüe del mismo, y también a los comentarios en la entrada de análisis.
El texto es muy del estilo de Chesterton: a partir de una carta que recibe, GK nos hará reflexionar sobre las modas, las preocupaciones y los intereses, la libertad y las obligaciones, la creatividad, la ‘alta cultura’ y, lógicamente, el papel de la mujer en todo esto. Siempre en su tono irónico, Chesterton nos hará detenernos a considerar detalles existentes en cuestiones que damos por supuestas, como por ejemplo, la cruda realidad del varón trabajador y las diferencias de clase social.
Un corresponsal me ha escrito una carta inteligente e interesante acerca de algunas alusiones mías al asunto de las cocinas comunales. Defiende lúcidamente las cocinas comunales desde la perspectiva del colectivista calculador pero –como tantos de su escuela- aparentemente no puede comprender que exista otro criterio sobre el asunto, con el cual su cálculo no tiene nada que ver. Sabe que sería más barato si algunos de nosotros comieran al mismo tiempo para usar la misma mesa. Así sería. También sería más barato si algunos de nosotros durmieran a diferentes horas para usar el mismo par de pantalones.
Pero la pregunta no es cuán barato podemos comprar algo, sino qué estamos comprando. Es barato tener un esclavo. Es aun más barato ser un esclavo.
Mi corresponsal dice también que el hábito de comer fuera de casa, en restaurantes, etc., está creciendo. Igual ocurre, creo yo, con el hábito de suicidarse.
No deseo conectar los dos hechos. Parece bastante claro que un hombre no podría comer en un restaurante porque acababa de suicidarse, y sería excesivo, tal vez, sugerir que se suicida porque acaba de comer en un restaurante. Pero considerar juntos ambos casos es suficiente para indicar la falsedad y cobardía de este eterno argumento moderno acerca de lo que está de moda.
Para hombres valientes, la cuestión no es si cierta cosa está en aumento, la cuestión es si nosotros estamos aumentándola. Yo como en restaurantes muy a menudo porque la naturaleza de mi oficio lo hace conveniente, pero si pensara que al comer en restaurantes estoy trabajando para la creación de comidas comunales, nunca entraría a un restaurante otra vez; llevaría pan y queso en mi bolsillo o comería chocolate de la máquina expendedora. Porque el elemento personal en algunas cosas es sagrado. El otro día escuché al Sr. Will Crooks expresarlo perfectamente: ‘Lo más sagrado es poder cerrar la propia puerta’.
Mi corresponsal dice: ‘¿Acaso nuestras mujeres no se ahorrarían el insípido trabajo de cocinar y todas las preocupaciones que esto conlleva, dejándolas libres para la alta cultura?’ Lo primero que se me ocurre decir respecto a esto es muy simple y es –me imagino- parte de toda nuestra experiencia. Si mi corresponsal puede encontrar cualquier manera de evitar que las mujeres se preocupen, será en verdad un hombre extraordinario.
Pienso que el asunto es mucho más profundo. Ante todo, mi corresponsal pasa por alto una distinción elemental en nuestra naturaleza humana. En teoría, supongo que a todos les gustaría librarse de preocupaciones. Pero a nadie en el mundo querría siempre librarse de ocupaciones preocupantes. Me gustaría mucho –hasta donde mis sentimientos llegan en este momento- librarme de la molestia de escribir este artículo. Pero de ahí no se deduce que me gustaría ser libre de la molestia de ser periodista.
De que estemos preocupados por algo no se deduce que no estamos interesados en ello. La verdad es lo contrario. Si no nos interesa, ¿por qué nos debería preocupar?
Las mujeres se preocupan por las tareas domésticas: a las que más les interesa es a las que más les preocupa. Las mujeres se preocupan aun más por sus esposos e hijos. Supongo que si estranguláramos a los hijos y sacrificáramos a los esposos las mujeres quedarían libres para dedicarse a la alta cultura. Es decir, quedarían libres para empezar a preocuparse por eso, pues se preocuparían por la alta cultura tanto como se preocupan por todo lo demás.
Creo que esta manera de hablar sobre las mujeres y su alta cultura es casi enteramente un desarrollo de aquellas clases que –a diferencia de la clase periodística a la que pertenezco- siempre tienen una cantidad aceptable de dinero. Algo raro noto particularmente. Aquellos que escriben de esta manera parecen olvidar por completo la existencia de las clases trabajadoras y asalariadas. Dicen –como mi corresponsal- que la mujer ordinaria es siempre una esclava del trabajo. Y -¡en nombre de los Nueve Dioses!- ¿qué es el hombre ordinario? Parece que estas personas piensan que el hombre ordinario es un ministro del gobierno. Siempre hablan del hombre que avanza en el ejercicio del poder, que se hace un camino propio, que estampa su individualidad en el mundo, que manda y es obedecido. Esto puede ser verdad sobre cierta clase. Los duques tal vez no son esclavos del trabajo, y entonces tampoco lo son las duquesas. Las damas y caballeros de la ‘Smart Set’ [una revista norteamericana] están bastante libres para la alta cultura, que consiste principalmente en viajar en automóvil y jugar al bridge. Pero el hombre ordinario, que simboliza y constituye los millones que constituyen nuestra civilización, no está más libre para la alta cultura que su esposa.
En efecto, él no es tan libre. De los dos sexos la mujer está en una posición más poderosa: la mujer media está a la cabeza de algo en lo que puede hacer lo que quiere, mientras que el hombre promedio tiene que obedecer órdenes y nada más. Él tiene que poner un aburrido ladrillo encima de otro aburrido ladrillo y nada más, él tiene que sumarle una aburrida cantidad a otra aburrida cantidad y nada más.
Puede que el mundo de la mujer sea pequeño, pero ella puede modificarlo. La mujer puede decirle algunas cosas realistas al comerciante con el que trata. Al empleado que hace esto a su jefe generalmente le dan la patada o –por evitar el vulgarismo- se encuentra libre para la alta cultura.
Sobre todo, como dije en un artículo previo, la mujer realiza un trabajo que es en alguna pequeña medida creativo e individual. Ella puede arreglar las flores o los muebles como se le antoje. Me temo que el albañil no puede colocar los ladrillos como se le antoje sin un desastre para él mismo y para otros. Si la mujer pone un parche a la alfombra, puede elegir el color. Pero me temo que el oficinista que debe enviar un paquete no elige los sellos por el color: si prefiere el tierno púrpura del sello de seis peniques al grosero rojo del de un penique.
Puede que una mujer no siempre cocine artísticamente, pero podría hacerlo. Puede introducir una modificación personal e imperceptible a la composición de una sopa. Al empleado no se le fomenta el introducir una modificación personal e imperceptible a los números en las cuentas.
El problema es que la cuestión real que planteo no se debate. Se discute como un problema de dinero, pero no como un problema sobre la gente. No son las propuestas de estos reformadores las que siento que son falsas, sino su temperamento y sus argumentos. No estoy tan seguro de que las cocinas comunales estén tan mal, como yo estoy de que los que están mal son los defensores de las cocinas comunales.
Por otro lado, claro que hay una gran diferencia entre las cocinas comunales de las que hablé y la comida comunal –’monstrum horrendum’, informe- que la mente oscura y salvaje de mi corresponsal evoca diabólicamente. Pero en ambos el problema es que sus defensores no las defienden humanamente como instituciones humanas. No se interesan en el curioso hecho psicológico de que hay algunas cosas que un hombre o una mujer, según sea el caso, deseen hacer por sí mismo o por sí misma. Él o ella deben hacerlo con inventiva, creativamente, artísticamente, individualmente; en una palabra, mal. Escoger tu esposa –por decir- es una de esas cosas. Escoger la cena de tu esposo, ¿es una de esas cosas? Esa es toda la cuestión: esto nunca se pregunta.
Y luego, la alta cultura. Conozco esa cultura. No liberaría a ningún hombre para ella si pudiera evitarlo. Su efecto en los hombres ricos que son libres para entretenerse en ella es tan horrible que es peor que cualquiera de las otras distracciones del millonario; peor que apostar, incluso peor que la filantropía.
La alta cultura significa pensar que el poeta más pequeño de Bélgica es más grande que el poeta más grande de Inglaterra. Significa perder toda simpatía democrática. Significa no poder hablar con un obrero sobre deportes o cerveza, o sobre la Biblia, o sobre el Derby, o sobre patriotismo, o sobre nada de lo que él, el obrero, quiera hablar. Significa tomar la literatura en serio, algo que los amateurs hacen. Significa disculpar la indecencia sólo cuando es indecencia melancólica. Los discípulos de la alta cultura llaman pala a la pala, pero sólo cuando es la pala del sepulturero. La alta cultura es triste, barata, insolente, cruel, deshonesta y sin alivio. En fin, es ‘superior’. Esa abominable palabra, también aplicada al juego, la describe admirablemente.
No. Si estuvieran liberando a las mujeres para otra cosa, yo estaría más dispuesto. Si me pueden asegurar, en privado y con seriedad, que están liberando a las mujeres para que bailen en las montañas como las ninfas o para que adoren alguna monstruosa diosa, tomaré nota de su solicitud. Si están bastante seguros de que las damas en Brixton, en el momento en que renuncien a la cocina, golpearán grandes gongs y soplarán cuernos para Mumbo-Jumbo [una divinidad africana], entonces estaré de acuerdo en que la ocupación por lo menos es humana y más o menos entretenida. Las mujeres han sido liberadas para ser bacantes, han sido liberadas para ser vírgenes mártires, han sido liberadas para ser brujas. No les pidan hundirse en algo tan bajo como la alta cultura.
Tengo mis pequeñas nociones propias sobre la posible emancipación de la mujer, pero supongo que no me tomarían muy en serio si las planteara. Favorecería cualquier cosa que incrementara la presente enorme autoridad de las mujeres y su acción creadora en sus propios hogares.
La mujer media, como he dicho, es una autócrata; el hombre medio es un vasallo. Estoy a favor de cualquier idea de cualquiera que haga más autocrática a la mujer media. Lejos de desear que la mujer consiga sus comidas fuera, me gustaría que cocinara más descabelladamente y siguiendo más su voluntad de lo que lo hace ahora. Lejos de que consiga siempre las mismas comidas en el mismo lugar, déjenla inventar, si quiere, un nuevo plato cada día de su vida. Dejad que la mujer sea todavía más creadora, no menos.
Hacemos bien al hablar sobre ‘la mujer’, sólo los canallas hablan sobre las mujeres. Sin embargo todos los hombres hablan sobre los hombres, y esa es toda la diferencia. Los hombres representan el elemento deliberativo y democrático de la vida. La mujer representa el autoritario.

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Sí a la vida, primer derecho a la humano

Señor legislador:

Ante la gran campaña mediática y la presión de algunos grupos para instalar el aborto como un derecho al cual debiera acceder la mujer, quiero expresarle que ME OPONGO A TODA MEDIDA QUE LLEVE A DESPENALIZAR O LEGALIZAR LA PRÁCTICA DEL ABORTO, que es el asesinato de un niño en el seno de su madre.

 

Los niños y las mujeres primero, es la instrucción que escuchamos desde hace siglos, cuando un incendio o un naufragio obliga a ordenar los procedimientos de rescate.  Esta reflexión parece oportuna en tiempos en que la sociedad debate considerar legal la eliminación de un niño en el vientre de su madre.

 

Siempre hemos oído también que el valor de una sociedad no se mide por los bienes materiales que produce, sino por el grado de protección que es capaz de brindar a sus miembros más débiles. Cabe preguntarse entonces si hay algo más débil que un niño en el vientre de su madre, cuando su propia familia ha decidido no protegerlo.

 

Para construir una Nación hace falta encontrarnos, tender puentes, construir paz en el esfuerzo común. Cómo puede encontrarse una sociedad entonces si el vínculo más profundo que puede haber entre los seres humanos, cual es la relación entre un niño y su madre, no está garantizado sino brutalmente destruido en nombre de la ley.

 

Me preocupa que se difundan datos falsos sobre la cantidad de muertes maternas por aborto, cuando están disponibles los datos oficiales que muestran que en el año 2016 hubo en nuestro país 43 casos de embarazos terminados en aborto, pero la mayoría de los casos eran abortos espontaneos no provocados. . http://www.deis.msal.gov.ar/index.php/tabulados/). En la Provincia de Córdoba  hubo solo 1 (una) muertes por aborto sin indicar si fue inducido o espontáneo.  Ya el Dr. B. Nathanson,  padre de la legalización del aborto en los EEUU, luego de su arrepentimiento relató que habían convencido a la sociedad norteamericana falsificando estadísticas de muertes de mujeres y de realización de abortos. Nuestra Patria viene estando sometida a este procedimiento hace mucho tiempo por los lobbys abortistas financiados desde el exterior.

Le recuerdo que al adherir a la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño la Argentina reconoce que todo niño tiene el derecho intrínseco a la vida, y ello a partir de la concepción y se compromete a garantizar en la máxima medida posible la supervivencia y el desarrollo del  niño.  (art. l y 6). Y que la Constitución de Córdoba afirma que “La vida desde su concepción, la dignidad y la integridad física y moral de la persona son inviolables. Su respeto y protección es deber de la comunidad y, en especial, de los poderes públicos.”

Con toda la tradición hipocrática y con la renovada claridad que el estado de la ciencia y de la reflexión biomédica actual ofrece, reafirmamos que no es aceptable reconocer el aborto como una praxis médica disponible al arbitrio de la voluntad de un solicitante.

Frente a la realidad de embarazos en situaciones conflictivas, producto de una violación o de reiterados abusos hay que tomar en cuenta tanto la realidad humana y social de esa madre como los derechos de esa vida personalísima que depende de la madre para desarrollarse y llegar a nacer; la obligación del Estado es proteger la salud y el bienestar de ambos. Confío, señor legislador, que trabajará para ello y no para sancionar una práctica que tiene dos víctimas: el niño muerto y la mujer herida para siempre.

 

 

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Reflexiones de un directivo a las puertas de la otra Vida

Ideas para vivir mejor

Captura de pantalla 2017-12-14 a la(s) 00.45.41Hace unos días escuché en Cade la conferencia de un “futurólogo” que decía que iban a “matar” a la muerte en el 2045. A lo mejor se encuentra con ella más rápido de lo que espera… pero bueno, mientras tanto, nosotros seguiremos muriendo. Al respecto, recibí de Luis Huete, un gran amigo, profesor del IESE y Harvard, un video que incluyo al final de este artículo, en el que Ignacio Llorente, directivo español a punto de morir a causa de un tumor cerebral, comparte algunas reflexiones sobre los problemas que de verdad debemos resolver con urgencia e importancia. Decía “Estoy con una alegría y una sensación de plenitud inmensa”. Sabe que la muerte no es el derrumbe final, es solo “una liquidación de existencias por cambio de domicilio.”

Muchas veces, los peores momentos de nuestra vida nos hacen ser quienes somos. Algunas personas son como el limón, cuando la vida…

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